La libertad me hacía señas a través de las aberturas del costado del camión rojo que llevaba a los reclusos hacia Bakirkoy. En la débil luz del amanecer vislumbraba que existían aún cosas tan marabillosas en la vida como las mujeres, los árboles y los horizontes abiertos. Pero el camión pasó sobre un bache y mi cabeza golpeó contra la madera dura. Recordé que las mujeres, los árboles y los horizontes abiertos eran para las masas de afortunados que tomaban esas marabillas como cosa normal. Entretanto, seguía sacudiéndome en un camión de la carcel, encadenado a un joven demacrado que dejaba salir un flujo constante de saliva por la comisura de la boca.
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